DON ULISES

Maestro Juan José Píriz

    Conocía todo Catalán y lo conocían todos en Catalán Grande. Era capinchero y montaraz.
En sus años jóvenes fue peón de estancia, tropero y en algunas ocasiones hasta domador.
    Buen peón, buen tropero, pero se cansó; él que era incansable para ese trabajo sin horario y sin derechos, de qué se cansó.
    Sus charlas con un maestro de esa apartada zona, le permitieron enterarse que en el “pueblo” había gente que peleaba por lo que le pertenecía, horario de trabajo y pagas en fecha, todo por derecho.
Se puso a pensar: en la estancia, el patrón obligaba a levantarse temprano, cuatro o cinco de la mañana y para qué? Pues no salían al campo a esa hora.
No se podía recorrer a esa hora, capricho del dueño. Se justificaba los días de dar toma a los animales o de bañar el ganado.
    Había eso sí, carne asada temprano, luego al mediodía y de noche cena. Siempre galleta dura, pirón con mucha grasa y mate amargo e ir a dormir. Dónde? en sus arreos, cirigote y cuero lanares. Algunas veces, antes, en un catre viejo abandonado pues estaba crivado de chinches y pulgas. Al final de su empleo, un sancocho había sustituido el asado, no se carneaba, el viejo traía del pueblo, pues resultaba más barato. Se fue cansando.

    No permitía juntar los huevos de los avestruces, mucho menos sacar las plumas para canjearlas en el boliche, de su socio cuando se trataba de cambiar vales. Llegó al colmo cuando el patrón le dijo que podía tener un solo caballo pues había poco pasto….. Ensilló uno con el otro de tiro, se marchó algo tristón, pero pensaba “alguna changa haré de cuando en cuando me guste”.
    En una de las riberas del Catalán, en campos de un vecino que le debía, tropeaba a la Tablada, sin cobrarle nada y feliz porque la novillada no había perdido peso, armó una aripuca de palo a pique y retomada de barro y con totora del bañado y ya tuvo donde resguardarse.
    Ahora era montaraz y capinchero. Luego de diez años estaba viejo pero libre, aire y sol, como despertadores una calandria y un zorzal.
    Además tenía dos hijos, pues visitaba cuando en cuando a doña Ramona a la que ayudaba con algún surtido adquirido con la venta de algún cuero y ella en cambio de brindaba el intermitente cariño, cruelmente explotado en la semi-desierta campaña y de la cual había nacido un casal de negritos, que habían aumentado su prole de variado origen paterno.
    Como único capital, un revólver Smitt con la mira gastada de mirarla apuntando a un carpincho lo que lamentaba por vivir como él, entre juncos y camalotes, pero la necesidad tiene cara de hereje y los volteaba algo apesadumbrado. No necesitaba, ni conocía miras telescópicas. Soledad casi feliz, sin coyundas, ni prejuicios, ni riendas, ni cabrestos.
    La muerte llegaría en cualquier momento y la recibiría con tranquilidad y con poco equipaje.