MI PADRE Y EL ÁRBOL
Maestro Juan José Píriz
A los dos por última vez,
con vida, los vi: erguidos y fuertes.
Por última vez los vi
tendidos, no caídos; silenciosos: muertos…..
Los dos tuvieron casi el mismo destino.
Semejanzas de nacimiento,
de vida, de muerte.
Una sola y común madre tuvieron:
la tierra.
Ni tuvieron, no conocieron otros padres.
Y a la madre común volvieron
al final de sus días.
A la tierra volvieron
cumpliendo el ritual inexorable.
En vida fueron padres, hijos, hermanos; para ser
en la muerte: símbolos.
Vivieron dándose a los demás porque
eran: buenos.
Murieron con dolor, con estrépito; de golpe,
pero con humildad
porque eran: buenos.
No los derribó ni la violencia,
de los pamperos invernales, ni la furia
de las pasiones malsanas.
Se dejaron cortar por el hacha porque
tenían el corazón blando de encerrar cariños,
ternuras y bondad.
Vivieron en los cerros porque
les encantaba mirar lejos.
Los cerros del Pintado les dieron
su dureza basáltica para que
el uno, recorriese siempre derecho los tortuosos
senderos y cuestas pronunciadas y
para que el otro, afincarse sus raíces
en vericuetos rocosos,
para que su tallo fuese recto y fuerte.
Vivieron al lado del camino los dos, para
contemplar
a los que pasan. Mi padre para ofrecer agua
y pan
al que tenía hambre y sed.
Su árbol, para brindar la fresca sombra,
al peregrino
transido de distancias, de caminos, de cansancio.
quizá de sueños…..
De mi padre: niñez sin padres, sin escuelas, sin juguetes,
sin libros. El rigor, los sufrimientos,
los castigos,
lo endurecieron por fuera,
para resguardar su corazón grandote
aunque no lo suficiente fuerte y un alma
sencilla y limpia.
No tuvo escuela, pero enseñó
y fue maestro. Enseñó a ser buenos, justos,
generosos, honrados y buenos;
sí, buenos.
Plantó su árbol en peligrosa curva de su empinado cerro,
quizá para que sirviera también
de guía, de aviso, de alerta
a los que pretenden ir demasiado rápido
en los caminos
y en la vida.
Lo hizo crecer derecho, erguido,
hacia arriba,
hacia las nubes,
hacia las estrellas.
La vieja casa grande, en la culminación
de su mismo cerro,
y al finalizar varias peligrosas curvas
del camino, fue atalaya
desde donde contemplaba su pedregoso campito,
sus pocas vaquitas (él que había cuidado
tantas ajenas)
su chacra,
y al fondo su bosque. “Monte” de
pitangueras, chal-chales, mataojos, laureles,
sauces, guayubiras, coronillas,
camboatás, blanquillos, ceibos y
corondas.
Vivió entre ellos y para ellos también.
celoso y orgulloso de sus árboles.
Su arroyo,
con sus “cachueras”, cantarinas, y
sus “lagunones”, todos muy bien apodados, no tenían para él,
secretos.
Aguas claras, buenas y limpias,
como su corazón, como su alma, como sus manos.
Cuidando y viendo crecer
su árbol
desde allí, vigilaba “la Chacra”:
maíz para choclos, melones, sandías, boniatos…..
Una juventud de estancias ajenas
y rodeos también ajenos,
le dieron la madurez para la quinta, la huerta,
la chacra.
Para el hacha piadosa
que limpiaba la maleza que asfixiaba el árbol útil.
Se llenó de sueños y esperanzas.
No crecía más en si mismo como
su árbol.
Crecía en sus nietos, en sus nietas, sobre todo.
Por ellas y en ellas vivió.
“Toquiño” y la “Fiinha”, lo fueron todo, dos veces padre.
A la “Fiinha”, quizá por ser la primera en llegar y entenderlo,
quizá por esos misterios que encierran
el alma inocente de los niños – nietos,
le enseñó el secreto de las plantas, de los árboles,
de los pájaros,
y le dio, la bondad de sus gestos,
la caricia de su mano
rústica, pero suave y buena.
Para ella fue la naranja más grande y más dulce;
para ella la pitanga renegrida y dulzona, para ella
el trofeo de la caza y de la pesca
pero sobre todo:
su ternura,
su bondad;
su silencio y su padecimiento cuando la vio enferma.
Para ella su sonrisa y su orgullo
cuando la vio danzar
con la inocencia pura de una niña sana.
Niñez que el no vivió
porque tuvo que ser hombres antes de
ser niño.
No fue nieto porque no pudo
ser hijo.
Sabía, intuía que ella sería
maestra,
porque él le había enseñado a ser buena y honesta.
Ya caminaba lento, pero trepaba uno de
sus cerros,
para ver a su “Fiinha”. Se llenó de su imagen, para
con él partir a la eternidad.
Si ángeles cuidan a los que viajan al infinito,
lo acunarán con canciones de niños, porque,
a los abuelos,
les encantan, las voces, los gestos, las caricias, las
travesuras, de los niños.
Lo volví a ver-última vez-
tendido, silencioso, inerme,
muerto.
Sus blancos cabellos, más blancos y sedosos
estaban.
Caja de madera, de madera de un árbol,
de un árbol que fue,
guardaba su cuerpo, su cuerpo sin vida. Su alma había
al cielo volado…..
Y lo cargamos...
Los mismos que lo derribamos,
lo cargamos y lo llevamos, a lo que los hombres llaman,
última y eterna morada.
Sin saber que la única y eterna morada, está
aquí y allá,
cerca y lejos,
arriba y abajo,
ayer y hoy y mañana,
pero en todas partes, cuando se vive, como vivió él,
como un hombre bueno.
Poco después vi su árbol. También lo habían derribado.
También estaba tendido,
a lo largo del camino, sin cortar el paso a nadie,
a la vera del camino, su tronco desgajado, parecía más un
gigante vegetal.
Tronco desgajado, ramas resecas.
Ya no se balanceaba solemne y enorme.
Estaba como el abuelo,
de cara al cielo,
silencioso,
pero no triste, solemne como él, había cumplido su destino.
Destinos comunes,
la madre tierra los había parido,
la agreste, a veces cálida, a veces helada tierra,
los había criado.
La cálida y fraterna tierra en su seno
los recibió.
La fuerza telúrica de la marcha de los siglos
Había, una vez más, cerrado su ciclo.
Hombre y árbol, tierra y sol, canto y llanto, añoranzas y desvelos,
triunfos y derrotas y esperanzas. Siempre esperanzas;
símbolos.
Destino de seres buenos…